9 jul. 2014

Motel -- no ficción --


He descubierto dos agujeros en mi habitación. Uno de ellos va a dar a un Night Club.

Ayer me resbalé por uno de esos túneles y fui a caer frente a una morena espectacular que me juraba que era argentina. Me dijo que solo finge el acento dominicano porque a los clientes les gusta más.

"O sea que sos una morocha baudrillardiana", le dije.

(No les parecerá verosímil, sin embargo, juro que la morocha asintió).


El otro agujero da a la casa de Xul Solar. Disfruto mucho vagando por ese colorido recinto: es maravilloso ponerme a descubrir sus rincones en la oscuridad, apenas ayudándome con una linterna. Algunas pinturas cambian sus formas de acuerdo al ángulo con el que mi brazo les dirige la luz.

El personaje de un cuadro me informa que ahora estoy flotando en nitrógeno y que voy a tener suerte. Un par de horas más tarde me despido con una reverencia de evidente origen asiático.

Cuando siento que ya me he divertido lo suficiente por ahí, abro los ojos y vuelvo a mirarme postrado en la cama de mi habitación. Me levanto, camino como un sonámbulo hacia el baño y me lavo los dientes para que la espuma me haga sentir toda mi materialidad recuperada. Luego cierro los ojos y vuelvo a resbalarme y aparezco otra vez en el Night Club.

Lo curioso del asunto es que las chicas siempre me tratan como si fuera un chiquillo, o un dibujito raro de la televisión.

Varias morochas baudrillardianas me cargan entre sus brazos, me masturban como a un animal, mientras les canto canciones de Frank Sinatra. Luego las veo bailar desnudas. Les grito entusiasmado hasta que una me dice que no sea tan coqueto: que sería mejor que nos metamos en una habitación para contarnos historias.


(Publicado originalmente en este blog en el 2010)