10 jul. 2014

Es verdad, no pintura


Las posibilidades de que alcanzara ese libro con su hocico eran realmente mínimas. He acondicionado esa estantería de tal forma que Nuestro Perro no pueda morder los lomos ni las pastas, o pasar directamente a devorarse algún tomo. Ya me había ocurrido con un libro de Monterroso, La vaca, que fue pulverizado por un ratón, allá en mi antiguo departamento de la Calzada Roosevelt.

Hace dos días Nuestro Perro comenzó a llamar desde la sala de nuestro apartamento en Altos de Pinheiros. Nuestro Perro ha aprendido a convocarnos a base de unas piruetas que lo asemejan a un híbrido entre león recién nacido y conejo. Cuando llegué con él, me di cuenta de que junto a sus habituales deposiciones fecales había depositado un libro. Mi primera sorpresa fue que hubiese podido alcanzar precisamente ese libro, colocado en una estantería que le quedaba inaccesible debido a su pequeña talla. Mi segunda sorpresa pasó de inmediato a la indignación, al confirmar que se trataba del libro Velázquez: Es verdad, no pintura... Este brillante estudio sobre Velázquez me había terminado de transformar en un adorador de quien considero un prodigio en todos los niveles que se le pueden analizar, es decir, en todo lo que se puede pedir de un artista.

Lo más triste del asunto es que la cuarta de forros del libro Velázquez: Es verdad, no pintura (de Luis de Zulueta), ahora está manchada de la mierda de un cachorrito brazuco. Una rápida visualización nos indica que las heces caninas han tomado, en el papel, la forma de cierta constelación que tiene un nombre que ahora no me viene a la cabeza. Un crítico de arte quizás diría que tales manchas también podrían parecerse a algún momento de Cy Twonbly. Pero a lo mejor exagero.

En cualquier caso, me parece que Nuestro Perro es un artista que sabe expresar su verdad. Ha sabido encontrar su manera de aproximarse al cielo, su manera de manchar la perfección.

(Publicado originalmente en este blog en el año 2008)